lunes, 28 de junio de 2010

Injustificado


La descripción de los placeres es la mejor de las justificaciones para romper el silencio. Lo digo ahora que pienso es todas esas ocasiones en que éste mismo, el silencio, fue roto como consecuencia de un grito desesperado, desamparado. Sucede a diario. El señor aquel, víctima de la esclavización corporativa, trabaja sus horas y se va, cumple. Ni un poco más ni un poco menos. No dice que es infeliz porque sobra traer palabras al mundo de las cuales abundan en miles. Parir palabras gemelas es desperdicio semántico, lo afirmo. Al cumplir con lo que se le pide, no se siente aliviado, que ya sería mucho pedir, siente que pesa menos, se va más ligero y opta por contarle a alguien que ya no tiene peso adicional. El elegido (por fortuna o desgracia) puedo ser yo o puede ser quien lo acompañe en el autobús de regreso a casa. Las palabras que escucho de mala gana disimulada, son las mismas de la semana pasada. "El clima es genial pero prefiero cuando no hace tanto calor", "Ahora voy a cobrar antes, porque prefiero ser parte de la misma nómina que todos" , "Qué triste debe ser salir herido en una riña, pero triste en serio, eh". Si uno presta atención a lo que dice, puede notar que no hay nada de seriedad en lo que emite, sino pura basura descriptiva que sirve para aliviar un silencio que él cree me afecta, o una emisión que ya no puede contener, un placer, un disgusto. Lo que sea que lo haga sentirse medianamente mejor. A él le importa poco, a mi me importa menos, pero lo alivia. Mi indiferencia le llega sin dolor, casi como una obviedad, y se va, se aleja. Me deja con mi silencio, que me encanta, es mío y de nadie más. Repito, él ya se va, ya me deja pensar en paz.