Cosas que aparecen, que van y vienen. No dicen nada, lo dicen todo. Apagas la luz e inicias otra vez. Sigues sentado en el mismo vaso de cristal, retornaste a lo mismo: eres un insecto diminuto, apocalíptico.
Cosas que aparecen, que van y vienen. No dicen nada, lo dicen todo. Apagas la luz e inicias otra vez. Sigues sentado en el mismo vaso de cristal, retornaste a lo mismo: eres un insecto diminuto, apocalíptico.
Democracia no puede ser elegir al menos peor de un puñado. Como sociedad, no nos podemos permitir eso. De ser así, preferiría vivir la omisión, la ausencia del concepto, que para el caso, es menos peor.
La plática en arte, que se mueve de boca a boca, de cuerpo a cuerpo, en horas que se convierten en instantes, vibrantes y diminutos. Pequeñas cápsulas individibles de aire, que se alcanzan a apreciar desde la quietud de cualquier balcón solar. De plana y simple, se hace bidimensional, como casi siempre, común y corriente. Agradable también, clásica. De dos y hasta de tres, que especulan la ingratitud de los egoísmos ajenos, que se apropian de escenas y que trasladan chismes por todas partes, los engrandecen y empequeñecen hasta hacerlos sonar ínfimos. Se cumple con el mínimo requerido, en estos casos. También está aquella que se aventura un paso más, le llamo la tridimensional, porque ya no es un te-escucho-me-apropio-de-tu-idea-con-mi-experiencia. Tampoco es un me-importa-muy-poco. Te adentras en el otro, profundizas, escuchas, analizas, te inmutas, te haces diminuto para apreciar la grandeza del otro con cierta perspectiva única y casi abandonada al olvido, y después, si se puede, cambian de lugares. Es la plática.
Lo profundo se puede disfrazar de vano ante la perplejidad del iluso, sobretodo. Son conceptos que caminan muy de cerca uno del otro distanciados apenas por la fragilidad de un espejo, o al menos así es como mi mente lo dibuja. Se divierten navegando entre el consciente y el inconsciente y la mayor parte de las veces, terminan bailando juntos en la pista del remordimiento. Y la mentira, nos queda. Así es como podemos ver todo esto. A través de la mentira.
Lo más cercano a no existir no es haber muerto. Es definitivamente seguir el camino de los demás sin siquiera pensarlo.
Lo inverosímil de la naturaleza humana puede llegar a extremos sólidos. Sólidos cuando se monetiza, cuando se hace cuantitativo. A la vez, al mismo tiempo, se hace ridículo. Y así andamos, así nos movemos, de eso vivimos. A estas alturas estos convencido de que ya no hay conciencia de eso, pero nos da igual. Pasamos sobre las ideas que tanto alabamos como la entrada misma de nuestra casa, y cuando miramos abajo, ya no flotamos. Pesamos. ¿Cuánto pesa tu ego?