viernes, 10 de junio de 2011

Tridimensional



La plática en arte, que se mueve de boca a boca, de cuerpo a cuerpo, en horas que se convierten en instantes, vibrantes y diminutos. Pequeñas cápsulas individibles de aire, que se alcanzan a apreciar desde la quietud de cualquier balcón solar. De plana y simple, se hace bidimensional, como casi siempre, común y corriente. Agradable también, clásica. De dos y hasta de tres, que especulan la ingratitud de los egoísmos ajenos, que se apropian de escenas y que trasladan chismes por todas partes, los engrandecen y empequeñecen hasta hacerlos sonar ínfimos. Se cumple con el mínimo requerido, en estos casos. También está aquella que se aventura un paso más, le llamo la tridimensional, porque ya no es un te-escucho-me-apropio-de-tu-idea-con-mi-experiencia. Tampoco es un me-importa-muy-poco. Te adentras en el otro, profundizas, escuchas, analizas, te inmutas, te haces diminuto para apreciar la grandeza del otro con cierta perspectiva única y casi abandonada al olvido, y después, si se puede, cambian de lugares. Es la plática.