A veces no encuentro la inspiración para dejar tendidas palabras, línea sobre línea, consecuentando y soportando una idea, a veces tan insípida como efímera e intrascendente. Basta entonces que algunas tonadas emitan sonidos secuenciales para sentirme un poco mejor, que tal o cual canción recuerde que alguna vez alguien sí tuvo el talento suficiente para hacer vibrar a quien escucha, quizá sin la mínima intención de hacerlo. No me considero especial por haber hecho algo, pero me sobran ánimos para sentirme especial para haber sentido eso mismo de una forma que nadie más, ni en el mismo lugar ni en el mismo momento, y eso es inigualable. Incluso pesa más. De ataduras breves nos libramos y de instantes de gloria nos hacemos, construimos lo que creemos según nuestras experiencias y, sobra decir, es mejor con un sonido de fondo que nos acompañe. Es el auténtico robo de la estética para nuestra obra personal, tomando el mutismo como lienzo.
Incluso entonces, señalando la carencia de inspiración como excusa, se despiden ideas a cualquier parte. Como esto que sale ahora, o como aquello que se escribió antes. No hay nada que la música no pueda curar. Nada.