miércoles, 6 de octubre de 2010

La búsqueda de la felicidad



Está bien. Sigfrido se ganó la lotería por segunda vez en su vida. Esta vez por una cantidad abominable, por una de esas que tiene tantos ceros que debería uno expresarse hacia ellas en plural. Sigfrido, de clase media baja, camina a casa y no hay quien le quite la sonrisa de la cara. Ni prestada ni robada. La primera vez que la había ganado, la felicidad le había tardado tres días, pero en aquella ocasión los tres ceros del premio ameritaban los tres días de sonrisa, ¿cómo hacerle ahora que la sonrisa no alcanza ni estirándola?

Y nos ponemos semánticos ahora, porque es notable como, en esta situación, podríamos sustituir la palabra dinero por la palabra felicidad y vicecersa. Alguna vez ha pasado, a Sigfrido, que la felicidad la expresa y entiende con otras letras, con otras imágenes: trofeos, zapatos, atuendos, viajes, dinero, dinero, dinero. Pero esa noche, antes de dormir y descubrir que los números que él creía eran los ganadores (y no lo eran), no olvidó pasar a poner a dormir a su hijo, dar un beso de buenas noches y cantar como sólo él le canta, en una demostración intacta de pureza. La imagen de la felicidad verdadera se postraba en su mente. Qué confundido estaba.

Yo lo veo claro. Es cuestión de chantajearnos, porque no podemos tener la felicidad siempre, pero podemos construir la felicidad que nos conviene.