Venir y decir que el sarcasmo produce tensión en las manos me parece muy bueno, buenísimo si proviene de quien no tiene idea de nada, bastante sacro si proviene de un purista ignorante. Pero también consecuente, si viene de cualquiera, de nadie, y por alguna extraña consecuencia, llega a mis oídos. Aunque justo sería decir que extraño no es nadie. Casual ordinario, escudriñando en la mente, por llamarle de algún modo.
Y así como esa afirmación se escuchan otras, igual de aventuradas y filosas. Agudas, con veneno, y también vacías. Llenas de (otra vez) ese sarcasmo que, cuando es involuntario, es maravilloso. Habría que tomar una fotografía cuando esa expresión abandona los dientes para mezclarse con el hidrógeno que respiramos. La enmarcaría y la pondría al pie de mi cama, para empezar alegre los días.
El origen de las palabras debería tener el peso específico y proporcional variando de emisor a emisor, y así es, para que cuando las escucháramos con el sentido con el que vienen, las ignoráramos o las atesoráramos como merece. Quien diga que no, miente. Quien diga que no, poco vale, ajustando la idea a la línea anterior. Y si todo esto parece un avenidizo sinfín de patrañas, pues es lo mismo, da igual, al final tengo tu atención hasta el final de esta línea, y tu tiempo, amigo anónimo, ahora es mío.