La libertad está sobrevalorada. Libertad en estos tiempos puesta en bocas, letras y dedos de aquellos que afirman que la libertad de expresión es válida, es, líneas más líneas menos, una absoluta nulidad, una casi paradoja del simplismo que nos rodea. Libertad de expresión, libertad de pensamiento, libertad de acción, son fonemas obsoletos abandonados por los más lentos caminantes hacía el futuro. No merecen ser bandera de nadie ni mucho menos pronunciación elevada. Discreto susurro, eso te lo creo, lo entiendo. Chiste de mesa en cantina.
Cuando ahora referimos la libertad, debemos arreciar el entusiasmo en segmentos diminutos, en porciones olvidadas, en proporciones ínfimas. Es que, ¿Quien en estos días puede perderse de la libertad de decir lo que quiere, de pensar lo que se le antoje o de arremeter contra lo que, mentalmente, le dé la gana? Un esclavo, posiblemente. Por el contrario, a veces las cosas más pequeñas son las que más pesan ¿Quien puede ir a donde quiera sin ser llamado disidente por no seguir a una obvia mayoría? ¿Quien puede desear adquirir algo sin temor a que la inflación no haya desbaratado sus pretensiones? Y más importante ¿Quien puede exponer sus sentimientos sin saberse o pensarse parte de una conspiración intrigada contra sus propios pensamientos por cualquiera de las personas que se dicen de su confianza? Cómo brilla esa libertad.