Lo que sucede con la incertidumbre es que nos tiene en ascuas. Puede pasar también que nos motive, o que nos mate (lenta o rápidamente, da igual), o que nos deje apesumbrados ante el desconocimiento del futuro, o que simplemente no pase nada. Puede pasar también que la incertidumbre nos haga convertir la realidad en un paroxismo momentáneo, una combinación, una salsa, vamos, de adrenalina y pacifismo. Para los que creen en el equilibrio y el alcance tántrico (incineraciones y fuegos fatuos), quizá la incertidumbre sería un objeto preciado de estudio, un área basta de investigación, y seguramente podrían fundar hipótesis al respecto, escribir libros y después mandarlos a quemar en la tradicional cacería de brujas. Para los demás, resulta interesante invertir un momento del día para notar en que momento estuvimos inmersos en ella, cuánto dispusimos para sobreponernos, y a dónde nos llevó, en qué nos convertimos, y si, esperándola, nos hemos convertido en alguien más, sin notarlo.
Y de ahí nace el ocio, el maravilloso ocio. Pero de eso, otro día.