miércoles, 19 de mayo de 2010

No nos importa



Pasando los ojos por lecturas y caminos virtuales y también informado por otras personas, he notado cómo la situación generacional ha vivido un traslape innegable y profundamente cuestionable, y me dispongo ahora a hacer algunas observaciones ¿Porqué no habría de hacerlo? Si lo hago yo, lo haces tú y lo hacemos todos.

Las revoluciones ahora son señalamientos, si se puede decir, directos, hechos desde el anonimato y lanzados con la más falsa de las vehemencias al vacío, apuntando y señalando directamente a las masas apócrifas y un tanto transparentes, también éstas anónimas. Me parece hilarante. No puede ponerse en tela de juicio el poder de las izquierdas a lo largo de las eras humanas, éstas siempre han empujado para derrocar y evocar una llamada de atención a los desvíos inherentes a una sociedad llena de baches y que se corrompe por si sola todos los días, casi de manera autónoma y pueril. Somos motivo de burla de nosotros mismos, si, pero ahí han estado las izquierdas para revocar, para revocarnos; a veces incluso con una violencia que de violencia merece poco el nombre, si de justificación merece más. Benditas sean. Pero por hoy, malditas sean.

Las izquierdas de ayer son las derechas de hoy, y las derechas de ayer, van a ser las izquierdas de mañana, eso es algo que, quien lo cuestione, no está muy cerca de la tangente de la realidad. Hay quien prefiere, lo he visto (y para muestra una imagen), levantarse en ínfulas de gloria, cobijándose con nombres que han remarcado la historia y que, estoy seguro, hubieran preferido el anonimato a la prostitución de sus propias ideas bajo estandartes baratos y burdos. Estandartes y movimientos mismos que no llevan a ningún lado, porque la revolución (la exposición de una idea original), antes que pública debe ser privada, interna, propia. La exposición de ideas para mejorar la sociedad (como la política misma) es la procreación de egos más ridícula que he conocido, porque no basta con decir Este o Aquel cometen errores, roban... ladrones!, vamos a cambiar el mundo! mejor sería guardar silencio y actuar. No hace falta convencer a nadie de nada, si uno tiene la certeza de que es correcto lo que hace. Lo demás es puro ego encendido y desesperado por salir a la luz pública.

Wilde, Paz, Tolstoi, Dumas, Nietzche, nombres que vemos como la constante presunción de los nuevos revolucionarios ideológicos baratos, como una demostración de que hemos leído y somos capaces de ser más capaces que los demás, ¿Y para qué? ¿Para qué anunciarlo? ¿Para que demostrarlo?. Seguimos siendo seres humanos que, para no evidenciar el complejo arrastradísimo que nos conforma, engordamos nuestra imagen con nombres ajenos y pasados. Para que los demás crean que somos instruidos.

En la proclamación de nuevas revoluciones, al menos las que podemos ver como parte de un juego en las redes sociales, la atención que merecen debería ser inversamente proporcional a la calidad intelectual del autor.

Ya notamos que la mediocridad camina entre nosotros, y ahora también prepara revoluciones.